Generalmente, es en lo último en lo que piensa la clase dirigente, si es que tiene suerte. A menudo, se la suele asociar con el entretenimiento y no como el conjunto de modos de vida y costumbres, conocimientos y grado de desarrollo artístico, científico, industrial, en una época y grupo social, que determinan la identidad de una comunidad, de una nación. “La cultura es la memoria del pueblo, la conciencia colectiva de la continuidad histórica, el modo de pensar y de vivir”, afirma el escritor checo Milan Kundera.
Hace unos años, en octubre de 2008, tuvo lugar en nuestra ciudad el II Congreso Argentino de Cultura. En esa ocasión, el ya fallecido Octavio Getino, fundador del Grupo Cine Liberación y de la Escuela del Tercer Cine, junto a Pino Solanas y Gerardo Vallejo, y titular por entonces del Sistema Nacional de Medios Públicos, se refirió a aspectos interesantes de la cultura como uno de los motores de la economía.
Contó que entre la década del 50 y 60 constataron a través de varios estudios que la cultura no era un gasto, sino una inversión, una fuente de recursos económicos: dinamiza las empresas; el empleo, la balanza comercial y los intercambios económicos y culturales entre los pueblos. En la oportunidad, comentó: “Lo más significativo es que a las políticas culturales no las manejan aún los encargados de Cultura sino los responsables de Hacienda y de Economía de cada provincia. Tengo la idea de que, a veces, los funcionarios no tienen mucha información sobre el tema de la cultura, porque la gente de la cultura tampoco se aproxima a los poderes públicos”. Puso como ejemplo a Buenos Aires, que invertía en cultura el 4 % del producto interno y a San Luis, con un índice superior el 2%, mientras el resto no llegaba al 1%.
Hace unos años, la Unesco recomendó a los países destinar a la cultura, por lo menos, el 1% del presupuesto; en 2008, la Argentina le destinaba al área apenas el 0.24 %.
Encuentros y debates a nivel nacional no han logrado que la clase dirigente convierta a la cultura en un motor de la sociedad y de la economía y mucho menos en Tucumán. Tal vez ello se deba a que una buena parte de los economistas que condujeron y dirigen las finanzas del país y de las provincias, no les enseñaron en la escuela y en las universidades el valor de la historia y de la cultura como pilares de la identidad de una nación.
En alguna ocasión dijimos que los poderes públicos deben estar al servicio de los ciudadanos y no al revés. Es poco frecuente, por ejemplo, ver a los gobernantes participar en las manifestaciones culturales. Hay, por cierto, una íntima relación entre educación y cultura. Y si tenemos una clase dirigente escasa o nulamente interesada en lo que producen nuestros artistas y científicos, y hasta ahora incapaz además de enlazar, por ejemplo, la cultura con el turismo y la economía, significa que hay una gruesa falla en la educación en lo que a conocimiento de Tucumán se refiere. Difícilmente se pueda proyectar la cultura y convertirla en un eje de la economía como sucede en otros países, si no conocemos quiénes somos ni de dónde venimos.
Sería interesante conocer las propuestas en esta materia de los más de 25.000 tucumanos candidatos que se sienten en condiciones de ocupar un cargo electivo a partir de agosto próximo.